domingo, 8 de abril de 2012

Día 11, Takeshita Dori, Shibuya, Akihabara y la fiesta en Shibuya (Parte II)

Tomaros vuestro tiempo que en esta segunda parte del día 11 hay mucho que contar. Si no habéis leído la parte 1, podéis hacerlo pinchando aquí.


Llegamos al hostal pasadas las 6 de la tarde y a las 18:30 habíamos quedado en Akihabara con Joe y con un amigo suyo, Shoji. Estaba claro que no íbamos a llegar a tiempo ya que teníamos un buen camino en metro, así que aprovechando el WiFi del hostal le enviamos un e-mail a Joe avisándole de que llegaríamos hacia las 7 de la tarde.

Así pues, dejamos las bicis en el hostal, subimos a la habitación para dejar las compras que habíamos hecho, Pablo aprovechó para coger su maleta, sacar una foto a un "detallado" itinerario para no perderse para de esta forma poder irse directamente al aeropuerto y nos echamos nuevamente a las calles de Tokyo para desplazarnos hasta la zona de Akihabara.


Al llegar al lugar donde habíamos quedado no vimos a Joe por ningún lado, y como no teníamos Internet no sabíamos si es que no había visto nuestro e-mail y se había cansado de estar esperando desde las 18:30 o si simplemente en el último momento había decidido no venir. Por eso, buscamos una tienda en la que vendiesen aparatos electrónicos (algo no muy difícil en Akiba) y en uno de los iPads que vendían nos conectamos a Internet y miramos a ver si nos habían escrito algo.

En ese mismo momento vimos al otro lado de la calle a Joe, que en cuanto nos vio echó a correr hacia donde estábamos, saltó encima nuestro para darnos un abrazo y a poco nos rompe algún que otro diente del fuerte golpe que nos llevamos al chocar. A continuación nos presentó a su amigo Shoji, al cual no conocíamos de la noche en la que salimos por Shibuya.

La situación era un poco surrealista, ya que si la noche en la que conocimos a Joe pudimos hablar con el en inglés fue en parte porque su hermana Yuki hacía de “traductora”, pero como esta vez no estaba ella la comunicación se hacía mucho más complicada, ya que ni Joe y Shoji tenían un buen dominio del inglés. En cualquier caso nos arreglamos bastante bien y mediante señas, algunas palabras nuestras de japonés y frases básicas de ellos en inglés nos entendimos sin problemas durante toda la noche.

Lo primero que decidimos al juntarnos con ellos fue que nos tenían que llevar a uno de los múltiples Maid Cafes que hay por la zona. Un Maid Café es como una cafetería con la peculiaridad de que las chicas que te atienden van vestidas de doncellas/sirvientas, te tratan como si fueses su “amo”, hacen juegos contigo e incluso te puedes hacer fotos con ellas. Hasta aquí todo muy bien, salvo la ostia que te meten a la hora de pagar, pero bueno, una vez es una vez.

Fotos del @home cafe pertenecientes a Danny Choo
Una vez explicado en que consiste un Maid Café procedemos a contaros nuestra experiencia. Subimos al edificio en el que se encontraba el local, el cual se llamaba @home café, y tuvimos que esperar un rato ya que había cola para entrar. Al entrar, nos saludaron muy amablemente, nos dijeron cosas que, lógicamente, no entendimos y nos llevaron hasta nuestra mesa. Una vez sentados, una de las camareras (que por suerte sabia algo de inglés) nos explicó brevemente como iba el tema: podíamos estar ahí dentro media hora y teníamos que elegir uno de los “menús”, los cuales consistían en diferentes bebidas, la opción de hacerte una foto con las camareras o echar una partida a un juego de mesa con alguna de ellas y llevarte una bolsa de regalo con varios artículos del Maid Café. Además, en el precio iba incluido un carnet de “maestro”, el cual tras cada visita te iban sellando para que así fueses subiendo de rango. En resumen, algo muy friki, pero no más friki que el tipo que estaba en la mesa de al lado, que tenía un álbum lleno de fotos de las chicas del Maid Café. Si a nosotros nos dieron un carnet de “nivel 1”, este hombre debía tener ya el carnet de gerente del local cuanto menos.



Al cabo de media hora salimos de aquel lugar un poco más pobres de lo que habíamos entrado (exactamente 2000 yenes menos) y como es tradición, nos fuimos a buscar un Purikura en el que hacernos unas fotos con nuestros amigos japoneses. La verdad es que tienen su gracia esos “fotomatones”.


No lo hemos mencionado antes, pero durante casi todo el viaje Ibon tuvo en mente la posibilidad de comprarse una Play Station 3 en el caso de encontrar alguna ganga, ya fuese de segunda mano o no, así que al salir del edificio del Maid Café le preguntamos a Joe si conocía algún lugar en el que poder comprar una. Después de pensarlo un poco, nos llevo a una tienda cercana que se llamaba Sofmap, que eran como unos grandes almacenes (unas 8 plantas) en los que todo lo que vendían estaba relacionado con aparatos electrónicos. Al llegar a la planta de las videoconsolas Joe preguntó por las de segunda mano, un dependiente nos llevó hasta una vitrina en donde las tenían y… ¡sorpresa!: Play Station 3 por 10000 yenes (100€). Hay que decir que lo que vendían era la consola con un mando pero sin los cables para conectarla a la tele y a la red, aunque a decir verdad (y más después de ver el precio) eso fue lo de menos, así que esta es la historia de cómo Ibon consiguió su PS3.

Super Potato Akihabara
Tras llevar a cabo la adquisición de la Play 3 les preguntamos a Joe y a Shoji si sabían dónde estaba la tienda “Super Potato” (un edificio entero en el que venden videojuegos de todas las consolas que ha habido desde que saliera al mercado la primera de ellas), la cual no fuimos capaces de encontrar por nuestra cuenta en la primera visita a Akihabara que hicimos unos días atrás. Al no tener ellos muy claro por donde estaba exactamente, preguntaron a los dependientes de la tienda y les señalaron el camino. Una lástima que al llegar allí estuviesen ya cerrando el local y no pudiésemos entrar a ver esa especie de “museo” del videojuego.

A pesar de esta pequeña decepción decidimos coger el metro que nos llevase hasta Shibuya para así poder tomarnos unas cervezas por la zona. Puesto que tomarse una cerveza en un bar de la calle es tremendamente caro (unos 900 yenes), pensamos que sería una buena idea ir al bar-casa en el que conocimos a Joe, donde al menos los precios no eran tan abusivos.

Tras un buen rato en aquel bar, a Pablo se le echó encima la hora y, tras despedirnos de el, tuvo que marcharse a coger el último metro que le llevase hasta Haneda, ya que su avión de vuelta a casa salía muy temprano por la mañana, hacia las 06:30, lo cual era un gran inconveniente ya que no había servicio de metro a esa hora. De esta forma, cogió el último metro con destino hacia el aeropuerto y pasó allí la noche.

A nosotros sin embargo aún nos quedaba toda una noche de fiesta por Shibuya y no se nos ocurrió mejor forma de continuarla que yéndonos los 5 (para ese momento se nos había unido una amiga de Joe y Shoji) a “cantar” a un karaoke. Pero esta vez, a diferencia de la primera toma de contacto que tuvimos en un lugar de estos en el que sólo pudimos estar 30 minutos, decidimos pagar por la opción de tiempo ilimitado para poder quedarnos bien a gusto.

Como no podía ser de otra manera, antes de entrar al karaoke había que desinhibirse un poco así que en el 7-Eleven más cercanos compramos unas cuantas latas de cerveza y cuando nos las terminamos buscamos un karaoke en el que poder pasar las siguientes 2-3 horas. A decir verdad, finalmente entramos en uno bastante peor que el de la primera vez ya que ni tenía ventanas a la calle ni las luces y focos cambiaban o giraban durante las canciones, pero a su favor podemos decir que en el precio se incluían bebidas y que en la habitación había hasta panderetas para poder acompañar las espectaculares actuaciones con las que deleitamos a nuestros amigos japoneses. En resumen: alrededor de 2 horas cantando, decenas de canciones (nos atrevimos hasta con canciones en japonés), videos, fotos, vasos rotos, heridas en las manos a causa del entusiasmo golpeando las panderetas y una voz ronca a más no poder. En cualquier caso, mereció la pena y repetiríamos ahora mismo.


Después de el pedazo de concierto que nos marcamos en el karaoke, la mejor forma de continuar la noche era volver nuevamente al Rockaholic (click aquí para mas información del bar), el bar en el que tu mismo podías elegir las canciones que querías que sonasen y en el que la gente dejaba sus pertenencias en la barra sin miedo a que se las robasen. Al ser lunes había muchísima menos gente que la vez anterior, pero aún y todo pasamos un muy buen rato y estuvimos disfrutando del ambiente hasta que hacia las 5 de la mañana decidimos que ya no podíamos más y que era hora de dar por terminada la noche de fiesta.


Sin embargo el servicio de metro aún no había comenzado por lo que no podíamos volver al hostal, y como desde que quedamos con Joe y Shoji en Akihabara no habíamos comido nada, decidimos buscar un McDonalds en el que arrasar con toda la comida que les quedase en el almacén. Dicho y hecho, nada como comerse 2 hamburguesas grasientas y una ración de patatas fritas después de una noche como aquella. Podemos decir que fue el detalle que redondeó la tarde anterior y la noche.

Cuando se reestableció el servicio de tren y metro caminamos hacia las estación de Shibuya, nos hicimos una última foto todos juntos al lado de la estatua de Hachiko y nos despedimos con gran pena de Joe, Shoji y su amiga antes de entrar en la estación para coger el metro que nos llevase de vuelta al Ace Inn Shinjuku.


Fue una noche en la que nos lo pasamos genial, y a decir verdad, después de relacionarnos con gente del país, podemos decir que ese mito/tópico de que los japoneses son tímidos y cerrados, al menos con la gente a la que nosotros tuvimos la suerte de conocer, desde luego no se cumple.

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4 comentarios:

  1. TU NO SABES LA ENVIDIA QUE OS TENGO

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  2. Respuestas
    1. Bueno... es bastante fácil, ir a Japón y hablarle a uno, son majisimos y más abiertos de lo que cree la gente

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